La resurrección del lema ‘no a la guerra’ por parte del presidente del Gobierno no constituye una mera consigna de campaña, sino la deliberada transmutación de una compleja crisis geopolítica en un instrumento de polarización interna. Al reducir el posicionamiento de España en el conflicto de Oriente Medio a una dicotomía maniquea entre la paz y el belicismo, el Ejecutivo no solo simplifica groseramente la realidad, sino que subordina la responsabilidad internacional del Estado a la obtención de réditos electorales inmediatos, una estrategia que corroe la credibilidad de la nación en el escenario global.
La apelación de Sánchez evoca deliberadamente el espectro de la Guerra de Irak de 2003, un trauma profundamente arraigado en la memoria colectiva española, buscando trazar un paralelismo falaz entre la situación actual y la decisión del gobierno de José María Aznar. Sin embargo, la réplica del Partido Popular, al calificarlo de «no a la democracia», trasciende la mera disputa partidista para señalar el núcleo del dilema: en un orden internacional crecientemente amenazado por potencias autoritarias, la equidistancia entre una democracia atacada y una teocracia agresora no es una postura neutral, sino un abandono de facto de los principios y alianzas que sustentan el bloque occidental.
La devaluación de la política exterior
El principal damnificado de esta estrategia no es la oposición, sino la propia concepción de la política exterior como una política de Estado. Cuando las decisiones estratégicas que afectan a la seguridad y al prestigio de la nación se convierten en munición de mitin, se envía una señal de inestabilidad y oportunismo a nuestros socios internacionales. La credibilidad de un país no se mide por la vehemencia de sus eslóganes, sino por la coherencia y fiabilidad de sus compromisos a largo plazo. Instrumentalizar la diplomacia para fines domésticos es un juego peligroso que puede dejar a España en una posición de aislamiento y debilidad precisamente cuando el escenario mundial exige mayor cohesión y claridad de principios.
En última instancia, la controversia revela una preocupante infantilización del debate público. Se hurta a la ciudadanía una discusión serena y adulta sobre los complejos desafíos que España enfrenta, ofreciendo a cambio la gratificación emocional de una consigna simple. La verdadera disyuntiva no es entre ‘guerra’ y ‘paz’ en abstracto, sino entre una política exterior basada en la responsabilidad, la defensa de la democracia liberal y las alianzas estratégicas, y otra guiada por el cálculo electoral y el sentimentalismo. La elección de la segunda vía, aunque pueda rendir frutos a corto plazo, supone una hipoteca para el futuro del país.
