La comparecencia de Jésica Rodríguez, ex pareja del exministro socialista José Luis Ábalos, en el Tribunal Supremo ha supuesto un nuevo episodio bochornoso en la trama que acorrala al PSOE. Durante más de dos horas, la testigo desgranó los detalles de una relación marcada por los regalos, los pagos opacos y los empleos ficticios, mientras la defensa de Ábalos y Koldo García intentaba desesperadamente desacreditarla con tácticas procesales de ínfima catadura.
El interrogatorio de la vergüenza
El momento de máxima tensión llegó cuando el abogado de Ábalos, Marino Turiel, tras un interrogatorio errático, lanzó una pregunta que dejó en silencio a la sala. La estrategia de la defensa quedaba al descubierto: destruir la credibilidad de la testigo a cualquier precio para construir un relato en el que el exministro es una mera víctima.
Abogado de Ábalos: «¿Ejerce usted la prostitución?»
Jésica Rodríguez: «No, soy dentista colegiada».
Abogado de Ábalos: «Me refería a antes, a su etapa de estudiante».
Jésica Rodríguez: «Yo era azafata de imagen».
La respuesta de Rodríguez, serena y precisa, desarmó el ataque. El abogado había preguntado en presente, y ella respondió con su profesión actual. Al repreguntar sobre su pasado, la testigo, bajo juramento, no negó nada de forma explícita, pero su respuesta como «azafata de imagen» dejó en el aire la insinuación de la defensa, que no pudo probar su objetivo.
El objetivo de la defensa era evidente: vincular a Jésica Rodríguez con Víctor de Aldama, el comisionista de la trama, para presentar a Ábalos como un hombre «captado» y atrapado en una red de la que no podía escapar. Una narrativa inverosímil que se desmorona ante la duración de la relación (más de un año) y los continuos beneficios que obtuvo la testigo, siempre bajo la supervisión de Koldo García.
Una vida de lujos pagada por la trama
Más allá del espectáculo, el testimonio de Rodríguez arrojó luz sobre el modus operandi del entorno de Ábalos. La testigo reconoció haber vivido en un piso en la madrileña Plaza de España costeado por un socio de Aldama, aunque ella creía que lo pagaba el propio exministro. También admitió haber recibido regalos y dinero, incluyendo el pago de la matrícula universitaria de 2020.
«Todo me lo regalaba Ábalos, aunque lo comprasen otros, yo entendía que todo salía de él», declaró Rodríguez. Sin embargo, admitió: «Nunca le vi pagar nada, hasta el tabaco se lo compraba Koldo». Incluso relató cómo Ábalos le dio 1.200 euros en efectivo para la operación de su gato.
Empleos ficticios en empresas públicas
Uno de los puntos más graves de la declaración fue la confirmación de sus empleos en las empresas públicas Ineco y Tragsatec, donde reconoció haber cobrado sin trabajar. Un claro indicio de malversación y tráfico de influencias que salpica directamente al entramado del Ministerio de Transportes.
La contratación de personal en empresas públicas que cobra un salario sin realizar trabajo alguno puede constituir un delito de malversación de caudales públicos. La declaración de la testigo, afirmando que «no trabajé porque mi jefe, que era Joseba [hermano de Koldo], no me encargó nada», es una prueba de cargo que complica la situación procesal de los implicados.
Rodríguez explicó que no se fiaba de Koldo García («me merecía la confianza justa») y que por eso contactó directamente con Ábalos cuando le indicaron que no respondiera a las llamadas de sus superiores en Tragsatec. Durante su testimonio, tanto Ábalos como Koldo, visiblemente incómodos, no dejaron de hacer indicaciones a sus abogados, riendo únicamente cuando la testigo relató sus amenazas al ser desahuciada del piso.
La sesión, que por momentos pareció un programa de crónica social al desvelar detalles sobre la mala relación de Ábalos con su esposa, Carolina Perles, terminó por dibujar un retrato demoledor del entorno más cercano de quien fuera uno de los hombres más poderosos del Gobierno de Pedro Sánchez. Un entorno donde el dinero público y los favores personales se mezclaban con una impunidad alarmante.
